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MALOS HUMOS



quarta-feira 23 de abril de 2014

El nombre de “Novo Pequiá” puede que no te suene de nada, pero buena parte de los graves problemas que tienen sus moradores son los mismos que tuvimos en Asturias hace unos cuantos años con la popular “Ensidesa” y los que aún tenemos hoy con Aceralia, especialmente en Avilés y alrededores.

Aún están más cerca de lo que nos gustaría los tiempos en los que la emisión de gases tóxicos y los vertidos contaminantes a la Ría de Avilés eran frecuentes. Todavía, de vez en cuando, organizaciones ecologistas asturianas denuncian presencia de vertidos extraños en la ría o emisiones de gases tóxicos al medioambiente.

Como los vecinos/as de Avilés, los moradores de este barrio de la ciudad brasileña de Açailandia en el estado brasileño de Maranhao llevan soportando muchos años, ante la pasividad de las autoridades locales, los “malos humos” de la industria siderúrgica que ocupa su territorio.

Los habitantes de Pequiá habitan la zona desde los años 70, antes incluso de que hubiera “prefeitura” (ayuntamiento) en Açailandia. “Antes todo era tranquilo, bueno, calmo, luego llegó la polución” relata D. Edivar Dantas impulsor y hoy presidente de la “Asociación de Moradores de Pequiá” organización que comenzó en el 2005 su lucha particular contra la contaminación generada por la siderurgia.

Las más de 1800 familias que habitan Pequiá Baixo y Pequiá Cima (así es como se divide el barrio) soportan, ante la pasividad de las autoridades locales y estatales, la contaminación ambiental y acústica que genera la industria, que una vez más en nombre del “desarrollo” arrasa con el medioambiente y con la salud de cuantos viven junto a ella.

Quedarse cinco minutos de pie en el jardincito trasero de la casa de Doña Francisca Sosa Silva supone ver como motas de polvo negro van cubriendo nuestra ropa, nuestra cabeza, todo…
El interior de la casa de doña Francisca se cubre cada día de una capa de polvo negro de “Muinha” (residuo resultante de tratar el metal). El polvo es tan denso que casi se masca en el ambiente. Este regalo de mal gusto que “cae del cielo” es lo que respiran los moradores de Pequiá.
El ruido metálico insoportable de la maquinaria, los camiones maniobrando y vertiendo sus cargas en inmensas pilas, las alarmas acústicas y toda clase de sonidos estridentes que bien conocen también los vecinos de San Juan de Nieva o la periferia de Avilés en Asturias, acompañan a la señora Sosa y todos sus vecinos/as las 24 horas del día los 365 días del año. El ruido es tal que impide mantener una conversación normal. Conciliar el sueño en la noche se convierte en una tarea difícil. No es de extrañar que una de las afecciones más extendidas entre la población de la zona, al margen de los problemas respiratorios, sean las enfermedades de tipo nervioso.

Doña Francisca y su familia son representativas de la comunidad. En su casa viven 5 personas y sólo una, su nieto, trabaja en la siderurgia. Su salario es de unos 340 reales (unos 153 euros) al mes y trabaja seis horas al día por una rebaja en la jornada laboral motivada por “la crisis”.

Cuando llegó la siderurgia en el año 86 anunció a bombo y platillo 3000 empleos, buena calidad de vida para los trabajadores, compromiso medioambiental, social…
Veinticuatro años después las promesas siguen incumplidas mientras los ingresos de sus accionistas siguen subiendo año a año.

Actualmente buena parte de la mano de obra viene de otras zonas del país, zonas devastadas por la pobreza y la falta de trabajo, caldo de cultivo para trabajadores necesitados que aceptan cualquier salario y cualquier condición.
Mientras sus accionistas rebuscan en el mercado la mano de obra más barata los habitantes de Pequiá siguen viendo como se vulneran una y otra vez sus derechos y los de la Madre Tierra.

Lejos de las playas de arena blanca y de las típicas imágenes exuberantes “Do país tropical abençoado per Deus”, muy lejos de estos estereotipos llega el tren de más de 300 vagones repletos de mineral que pasa por Pequiá. Este monstruo de hierro de más de 2 kilómetros de largo empujado por 3 locomotoras, que mueve en un día 50 millones de reales (unos 22.600.000 euros), pasa unas 13 veces al día por delante de los habitantes de Pequiá sin que los beneficios de tanto trajín redunden en la calidad de vida de quienes habitan la zona. El “tren del desarrollo” se llevó por delante la vida de 9 personas en el 2007.

Todos estos abusos y los que no caben en las líneas de este reportaje son los que lleva denunciando D. Edivar Dantas desde su asociación de vecinos. Hasta la fecha se han tramitado en el Tribunal de Açailandia 21 acciones judiciales contra siderurgia. La población demanda indemnizaciones para poderse ir a otro lugar y empezar otra vez de cero, pero ¿es esta la solución?

El acuerdo no verbal al que llegaron las partes después de años de lucha es que la empresa se haría cargo de la indemnización y la prefectura con apoyo del ministerio de turno del terreno para el nuevo asentamiento. Como es de esperar de todo esto, nada de nada. Pero, además ¿supone esta solución dar luz verde a la empresa para que siga contaminando la zona? ¿Son estas las políticas públicas que promueve la prefectura de Açailandia para sus ciudadanos y su entorno?
En esta “aldea global” donde lo único que no se globaliza son los beneficios de las empresas, los problemas que padecemos las distintas sociedades, por lejos que nos encontremos, son comunes.

Como en Asturias, los avances sociales y medioambientales en Pequiá se consiguen a través del ejercicio de la ciudadanía y presión sobre aquellos que tienen la capacidad de decidir nuestro futuro. La asturiana es una sociedad que, si bien en los últimos años ha ido perdiendo paulatinamente capacidad de movilización social, conoce los frutos de la presión y demanda ciudadana. Esa misma presión es la que ahora está necesitando la población de Pequiá para forzar a sus dirigentes a escuchar al pueblo y tomar las decisiones oportunas.

Apoyar a Pequiá en una lucha que conocemos los asturianos de primera mano no requiere más que rellenar la postal que acompaña este escrito y enviarla por correo. Acciones como esta, no solo ayudan a defender el medioambiente, la salud o combatir la precariedad laboral, también ayudan a acercar pueblos y comunidades que, por más que se afanen unos pocos, seguirán compartiendo mucho más que problemas.